Tengo que confesar que me sigue sorprendiendo esa capacidad que tenemos para exigir nuestro derecho a vivir nuestra vida como queremos y a la vez ser el ojo crítico de la vida de los demás. Ese ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio.  Y cuando hablamos de temas como la alimentación o la educación de nuestros hijos, afilamos las uñas. Somos los que hacemos de la vida ajena un “trending topic”, los que aplaudimos el señalamiento y el escarnio público. ¡Lo que nos gusta juzgar a través de la mirilla la vida de los demás! Bienvenidos a “la vieja’l visillo” 4.0.

Y el escarnio público como no podría ser de otra forma, se magnifica a través de las redes sociales. Y no me refiero a los debates, contestaciones y demás “zascas” originados en la comunidad del “pájaro azul”. No nos engañemos, a río revuelto ganancia de pescadores.

Me refiero a esos comportamientos de personas anónimas, ajenas a todo el revuelo mediático que levantan y del que la mayor parte de las veces nunca llegan a ser conscientes. Porque puede que tengan la suerte de “cruzarse” con uno de los dioses tuiteros, de esos seres con los que el resto de mortales hemos sido bendecidos porque son capaces de afearnos nuestras “malas” conductas para que todo el mundo pueda “aprender” de nuestros “errores”.

No importan tus circunstancias, no importa que no sepa nada de tu vida, no importa el contexto. No, lo importante es lo que ve en ese momento (o cree ver, o le interesa ver)  y la historia que sea capaz de montar a su alrededor. Porque eso sí que es importante. Hay que contarlo bien, cual fábula con su moraleja. Siempre enfocada a señalar el “pecado” y a reforzar las enseñanzas del “maestro”.

Cualquier lugar y momento es bueno: la cola de un supermercado, las puertas de un colegio, un restaurante, la consulta del médico, el vagón del metro,…  Pero ojo, el “maestro” en ningún momento comenta lo sucedido con el interesado. No. Se saca mucho más rédito si se hace a través de Twitter. Incluso a veces a tiempo real, mientras quizás te sonría con complicidad. Venga, más “like”, más “retuits”, ¿cuántos nuevos seguidores?

Y una vez subido al púlpito de Twitter, la turba aborregada comienza la lapidación. ¡Que empiece el circo romano! Rasguémonos las vestiduras cual beata abrumada ante el pecador señalado desde la tribuna. Asustémonos y tengamos compasión por la vida de esos pobres mortales tan carentes de nuestra sabiduría.  Ay, cuanto aprendiz de Torquemada, qué hubiera sido de nosotros si en lugar de vivir en esta época nos hubiera tocado en otra donde se señalaban los comportamientos “sospechosos”, a los malos “cristianos” o a quienes no comulgaban con las ideas políticas correctas.

Vivimos en una época de postureo donde la forma importa más que el fondo, donde es más importante una imagen en la que parezca que estamos disfrutando al máximo que el disfrute en sí.  Parece que nuestra vida sea una continua campaña de marketing donde tenemos que vender la perfección. Ahora los padres ya no presumen de lo “listo que es mi hijo, mira que notas me saca” ante los conocidos, ahora grabamos vídeos para demostrar lo buenos padres que somos.  Y los subimos a YouTube, no vaya a ser que alguien no se entere…

En fin, quizás me he excedido y en realidad las “reveladoras” historias contadas en Twitter sean sólo producto de una prolífica imaginación de quien las cuenta. O quizás sea como aquellos problemas sobre el punto kilométrico en el que ocurriría un accidente entre el tren A que salía de Zaragoza y el tren B que salía de Madrid. Aunque en realidad el accidente no llegaba a ocurrir, te obligaba a aprender a hacer los cálculos. Puede que quizás.